Nuestros expertos opinan
¿Qué está pasando realmente en el sistema educativo? Las noticias se suceden de forma vertiginosa entre debates sobre nuevas tecnologías, reformas legislativas y el bienestar emocional de los estudiantes, dejando a menudo más preguntas que respuestas. Para arrojar luz sobre este escenario en constante mutación, recurrimos a las voces autorizadas del sector. En este espacio, los expertos analizan el trasfondo de las novedades más recientes, desvelando el impacto real que tendrán estas medidas tanto en el profesorado como en el día a día del alumnado
MÁS ALLÁ DE LOS RESULTADOS DE PISA
Abriendo el curso académico 2026/27, los resultados del informe PISA han vuelto a situar la educación en el centro de los titulares de la prensa, muchos de ellos con un tono alarmante, y también en el debate de los “mentideros políticos” aunque solo será para echar en cara lo que unos u otros hacen bien o mal. PISA es una evaluación internacional promovida y coordinada por la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos) que analiza el desempeño del alumnado de 15 y 16 años. Por tanto, deber utilizarse y servir para el fin que se crea y difunde es decir para tomar el pulso de la educación en el mundo de una manera comparativa y referencial.
En el caso de España, los datos recogen un descenso en los resultados de matemáticas, ciencias y comprensión lectora.
Mientras tanto, miles de docentes y comunidades educativas continúan organizándose cada día en sus centros, aulas y equipos para afrontar los desafíos educativos actuales.
Y ante estos datos, seguimos preguntándonos por otros muchos aspectos que no se contemplan en este tipo de evaluaciones:
¿Para qué educamos?
¿Qué personas y qué sociedad queremos contribuir a hacer posibles?
¿Qué queremos que nuestro alumnado aprenda realmente?
¿Qué necesitamos proponer, planificar y diseñar para que eso suceda?
Y, conectado con ello:
¿En qué aspectos debemos centrarnos para favorecer el pleno desarrollo del alumnado?
¿Qué marcos educativos necesitamos y cómo podemos llevarlos a la práctica?
¿Qué competencias y principios pedagógicos necesitamos desarrollar para responder a los desafíos educativos actuales?
Desde esta mirada, necesitamos plantearnos cómo contribuir a una educación integral que favorezca el pleno desarrollo de nuestro alumnado.
Leemos los datos de PISA y conocemos los resultados obtenidos en áreas fundamentales como las matemáticas, la lengua o las ciencias, que repercuten en muchos otros aprendizajes; estas implican el desarrollo de competencias importantes, pero necesitamos, también identificar qué es lo que está funcionando, qué dificultades persisten y que podemos hacer para facilitar y mejorar el aprendizaje.
La educación es mucho más que “examinar” y “puntuar” determinadas disciplinas. Implica desarrollar competencias que permitan movilizar y combinar conocimientos, habilidades, actitudes y valores para afrontar de manera efectiva situaciones y problemas diversos en distintos contextos.
Y aquí aparece otra cuestión importante: calificar no es evaluar.
Evaluar implica generar aprendizaje.
Una evaluación que nos permita identificar fortalezas y áreas de mejora, ofrecer un feedback claro y ayudarnos a responder a preguntas esenciales:
¿Qué hemos aprendido? ¿Qué nos falta? ¿Cómo podemos mejorar?
Una evaluación que genere confianza y reflexión, que eleve el nivel de consciencia sobre los logros y las áreas de mejora y que permita tomar decisiones y emprender acciones concretas para seguir consolidando aprendizajes, construyendo y avanzando.
Esto no solo es necesario para el alumnado.
Los docentes y el conjunto del sistema educativo —las políticas, los marcos educativos, los currículos, la cultura y los proyectos de centro, las familias y, en definitiva, las comunidades educativas— también necesitamos conocer nuestras fortalezas, nuestros logros y nuestras áreas de mejora.
Para construir un sistema educativo es necesario integrar todos estos elementos, conectarlos y avanzar de manera colaborativa.
Por tanto, es importante conocer aquello que necesitamos mejorar, pero también tener claro qué aprendizajes consideramos esenciales para nuestros jóvenes y para nuestra sociedad.
Necesitamos facilitar aprendizajes vinculados a la expresión y comprensión oral, la lectura, la escritura, el cálculo y las habilidades lógicas, matemáticas y científicas, así como la adquisición de elementos culturales, aunque sea de forma básica.
Necesitamos favorecer, de manera integral, global y continuada, otras competencias que permitan al alumnado:
- Aprender a lo largo de la vida, desarrollar la curiosidad y confiar en el conocimiento.
- Aceptar la incertidumbre y entenderla como una oportunidad para crear nuevas respuestas.
- Desarrollar un espíritu crítico y empático, capaz de detectar situaciones de inequidad o exclusión y comprender sus causas complejas.
- Valorar la diversidad personal y cultural y abrirse a otras lenguas, culturas y formas de comprender el mundo.
- Aprender a gestionar de manera pacífica los conflictos.
- Hacer un uso crítico de la cultura y de la era digital, aprovechando sus oportunidades, evaluando riesgos y beneficios y actuando con ética y responsabilidad.
- Desarrollar la creatividad, la iniciativa personal y colectiva
- Construir un sentido de pertenencia a proyectos colectivos, desarrollando empatía, solidaridad y responsabilidad local y global.
- Aprender a convivir y cooperar.
Por tanto, es importante no perder el rumbo de aquello que consideramos verdaderamente importante y que nuestros jóvenes necesitan aprender.
Los datos de evaluaciones como PISA pueden y deben ayudarnos a identificar ámbitos de mejora, a reformular nuestras prácticas educativas y a seguir construyendo políticas y marcos que nos orienten.
Pero también debemos enfocarnos hacia la construcción de sistemas educativos eficientes que integren múltiples factores de gran complejidad.
Necesitamos marcos y currículos educativos que orienten, investigaciones que avalen las propuestas, modelos y recursos que tengan en cuenta la diversidad de los procesos de aprendizaje, colaboración entre escuela, familias y entorno y, sobre todo, un propósito claro.
Necesitamos preguntarnos cuál es la finalidad última de la educación como constructo social:
¿Qué personas y qué sociedad queremos contribuir a hacer posibles?
Y, desde ahí, seguir avanzando hacia un sistema educativo que contribuya a que cada persona pueda desarrollarse plenamente, construir su propio camino con libertad y criterio, y participar de manera responsable en la sociedad.
Y, finalmente, volver a lo que ocurre cada día en nuestras aulas.
Porque, más allá de los grandes datos y de las políticas educativas, necesitamos preguntarnos:
¿Qué podemos cambiar mañana en nuestras aulas?
¿Qué pequeñas o grandes acciones podemos llevar a cabo para mejorar nuestra práctica educativa y contribuir a desarrollar al máximo el potencial de nuestro alumnado?
Para ello es crucial contar con equipos docentes formados, comprometidos, motivados e ilusionados, que puedan seguir afrontando la compleja y apasionante tarea educativa.
Quizá el reto no sea únicamente mejorar los resultados.
Quizá el reto sea tener claro para qué educamos mientras buscamos la manera de hacerlo cada vez mejor.
Fundación Castroverde.
